Me llaman Señora

Me va a explotar la cabeza pensaba mientras me hacía la selfie, es que nadie se imagina la cantidad de faena que una limpiadora puede llegar hacer en tan poco tiempo, solamente en un parque empresarial. 

Vale, lo asumo, he escogido la mejor foto donde salgo favorecida y es que limpiar escaleras es algo que me mantiene en forma. 

Mi compi el conserje del parque hablaba conmigo en catalán todas las mañanas y se asombraba cada vez que yo le respondía con mi nivel intermedio impecable, ojalá hubiera más gente que me hablase en ese idioma. Es muy medieval y tierno, lo digo cristalinamente sin ironía. 

El boli que traigo estratégicamente escondido lo tenía para apuntar muchas cosas, como mis entradas y salidas, y el tiempo récord de limpieza de los rellanos, yo llegaba y en modo automático sabía lo que tenía que hacer. Más bien era un mantenimiento porque éramos muchas y lo teníamos en un excelente estado de pulcritud. 

Aunque después al caer la tarde si venía el gran jefe, el compi de recepción se ponía nervioso y yo tenía que volver a repasar ese inmenso hall y llevarme las manos a la cabeza porque la puerta acristalada de entrada estaba llena de marcas, pero eso por algún motivo no se repasaba. 

Una vez alguien me dijo Señora por primera vez y yo tuve que asumir ese rol, aunque nunca he tenido hijos, ni me he casado, asumo que soy una señora porque me hago responsable de mi trabajo. 


Cada día es una oportunidad para crecer, la disciplina es el puente entre tus metas y tus logros.

Autora en apuros. 

Hace algunos años, escribí una novela, eran los comienzos de la pandemia, durante el confinamiento, pero yo creía que era el fin de los días, las noticias solo hablaban de muertes, y al estar encerrada sentía que debía de acabar ese relato que escribí para participar en un concurso de escritores nóveles. 

La editorial pasó de mi cara. 

Escribí tan rápido y forzadamente, la idea era buena, el título era bueno, habían muchas páginas, yo quería algo así pero ocurrió algo... 

La editorial no cumplió con su contrato, llamé varias veces y me colgaban el teléfono, escribí y me respondían que ellos no tenían nada que hacer conmigo, todas las cláusulas se desvanecían en el fraude. 

En realidad me chocó, no por lo que llegase a gastar para publicarla, si no por el nivel de amargura al ver mi novela en el limbo... 

Como dije era la pandemia, no se podía salir, nunca pude presentar mi novela, y tampoco hubo una promoción REAL en prensa como mencionaban en los packs. 

Esa sensación de quedarme en las nubes fue estrepitosa. 

Me costó entender lo que me había sucedido, me quedé con mis ejemplares, aunque solo vendí uno, regalé un par a mis compañeros, a cambio de un veredicto. 

Los demás ejemplares los doné a asociaciones animalistas dedicadas a rescatar perros abandonados, mantener colonias de gatos, llevarlos al veterinario, y un sinfín de cosas. 

Ellos venden todo lo donado en plan mercadillo los sábados en mi barrio. 

Me pareció una buena idea, que donar mis libros significaría ayudar a esos animalitos, aportar un granito de arena para cuidarles y es que en la plaza los llevan para que ellos puedan tomar el sol. 

Eso me reconforta el alma y todo empieza a tener sentido.