Me llaman Señora

Me va a explotar la cabeza pensaba mientras me hacía la selfie como que no me doy cuenta y es que entre la cantidad de faena que tengo por delante siempre encuentro un huequito para posar.

Aquella vez estuve limpiando en un parque empresarial, de reconocido prestigio en algún lugar de Barcelona y la verdad es que me fue de maravilla, el equipo ponía de su parte, el ambiente laboral era cálido, casi perfecto diría yo.

Mi compi el conserje del parque, hablaba conmigo en catalán todas las mañanas y se asombraba cada vez que yo le respondía con un nivel intermedio impecable, ninguna otra compi lo hacía y por eso se sorprendía tanto que hasta me felicitaba, solo le faltaba aplaudirme.

Ojalá hubiera más gente que me hablase en ese idioma, es muy medieval y tierno...

Recuerdo que traía un boli estratégicamente escondido, lo utilizaba para apuntar mis entradas y salidas, el tiempo récord de limpieza de los rellanos e informar de la reposición de suministros al personal. 

Cuando yo subía a planta, sabía muy bien lo que tenía que hacer, más que limpiar era realizar un mantenimiento en el área como las escaleras, cómo éramos muchas limpiadoras, lo teníamos todo en un excelente estado de pulcritud, aunque a veces iba en modo automático, me encargaba de que los cristales del baño queden nítidos.

Al caer la tarde venía el gran jefe, el compi de recepción se ponía nervioso y me ponía nerviosa yo también, porque tenía que volver a repasar ese inmenso hall y llevarme las manos a la cabeza porque la puerta acristalada de la entrada estaba completamente llena de marcas, pero eso por algún motivo no se repasaba.

Alguna vez alguien me llamó Señora por primera vez y yo tuve que asumir ese rol...

Mi idea de ser una señora, era la de alguien que se casaba y tenía hijos, pero como eso nunca me pasó, mi teoría se fue haciendo añicos. Luego barajé la posibilidad de que al ser responsable del servicio de limpieza, automáticamente los demás me veían como una señora.

Cada día es una oportunidad para crecer.

No sé que haces aquí
No sé que haces aquí

Un menda de cinco décadas de edad sentía mucha envidia de verme todas las mañanas en mi lugar de trabajo, aunque él asumía muy bien el rol de ser un mequetrefe andante, se le veía el plumero...

-Buenos días señora ¿Le hago un cafecito?.

Claro que sí, hombre!.


¿Quién puede negarse a tomar un cafelito a buenas horas de la mañana?.

Eso sí, tenía que beberme el puñetero café con el tonto de turno presionándome, como si se le fuese la vida en ello... Que yo me tome ese café con sabor a aguachirri era una prioridad letal e infalible. 

Parecía de suma urgencia el atiborrarme a café tras café.

Al principio no le di tanta importancia pero en el fondo siempre supe que él ocultaba algo turbio, yo no me fiaba un pelo de ese viejo verde, porque a saber lo que le pondría al café, y por eso terminaba tirándolo, aunque me muriese de ganas por tomarme algo calentito.

-Un camarero muy joven le hizo llorar y tuvo que irse.

El coleguita solía ser un patán de siete zuelas, un artimañas que no quería a nadie cerca de él, se daba el lujo de menospreciar a todo el que se atreviera a trabajar en el mismo equipo. 

Como dije anteriormente en alguna entrada de mi blog, el office no tiene nada que ver con el restaurante y menos con la cocina, pero ese personaje era un adonis, se creía con el poder de mandar a todo bicho viviente.

-Me empujó y nadie hizo nada.

Un compi con lágrimas en los ojos no pudo más y me lo contó con lujos de detalle, el resto de equipo lo vieron hacerlo y yo casi le obligué a que lo denunciase ante el director. Sin embargo, nadie se lo tomó en cuenta porque esa bestia llevaba la mitad de su vida trabajando y si lo sacaban, la empresa tendría que pagarle mucho dinero.

-Me he cansado de hacerle la vida imposible y sigue aquí.

Lo escuché, sí, esta vez estaba hablando de mí... Guau!.

La primera vez entró en el office hecho una furia, pensé que era un metre de sala, tuve que escuchar muchas sandeces y hacer de tripas corazón, como dicen por ahí los buenos somos más. Después de tanto pensar llegue a imaginar que se trataba de un Bully. 

Yo sentía la necesidad de hacerme respetar, así no le gustase verme allí.

Entonces comenzó una batalla de egos inmensurable, una lucha de hombría donde el más cabr@n de la cocina, gana; ese duelo medieval de demostrar quién vale más.

Como en el office siempre hay una cantidad de faena desorbitante, aún relinchando el personal estaba acostumbrado a mi, a mi capacidad de trabajar como Speedy González.

Estar ahí era mi razón de ser.

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